La desigualdad de ingresos no es lo mismo que la pobreza por José Azel
❝
“A medida que los países prosperan, algunos individuos se enriquecen más que otros, pero la situación de todos mejora en términos relativos”.
José Hazel
A lo largo de los años he publicado varias columnas sobre la desigualdad. Entre ellas figuran "Huyendo de la igualdad", "Injusticia redistributiva", "Los ricos no existen" y otras reproducidas en mi libro "Reflections on Freedom". Invariablemente, este tema me atrae la correspondencia más hostil. Sin dejarme amedrentar, lo intentaré de nuevo, motivado esta vez por el excelente análisis que presenta Steven Pinker en su último libro, "Enlightenment Now".
Comencemos definiendo los términos, tal como exigía Voltaire. Defiendo únicamente la desigualdad que surge de la creación legítima de valor en bienes y servicios. La forma en que se origina la desigualdad es importante. Las ganancias derivadas de privilegios otorgados por el gobierno, prácticas comerciales desleales, deshonestidad, corrupción, amiguismo, etc., son ilícitas y deben perseguirse con firmeza. Lo que me ofende no es la desigualdad en sí, sino aquella que proviene de ganancias ilícitas.
Permítanme tomar prestado un ejemplo que ofrece el Dr. Pinker. J. K. Rowling es la novelista británica creadora de la saga de Harry Potter, que ha vendido más de 400 millones de ejemplares. En su historia de vida —un relato de superación personal que va de la pobreza a la riqueza— Rowling pasó de vivir de las ayudas estatales a convertirse en la primera escritora multimillonaria del mundo. Es una de las personas más ricas del planeta y ha donado gran parte de su fortuna a causas benéficas.
Voluntariamente, hemos entregado a la señora Rowling una parte de nuestro capital a cambio del placer de leer sus libros o ver las películas de Harry Potter. La hicimos muy rica, aumentando así la desigualdad, y esto no ha perjudicado a nadie. Lo mismo puede decirse de los productos de Microsoft (de Bill Gates), Apple (de Steve Jobs) y tantas otras empresas que han mejorado nuestras vidas, y a cuyos creadores hemos recompensado económicamente.
La riqueza no es —según esa analogía tan trillada— un pastel de tamaño fijo que deba repartirse por la fuerza para lograr una igualdad artificial. La riqueza mundial, medida a través del crecimiento económico, es un pastel que crece continuamente y ofrece porciones más grandes para todos; aunque, ciertamente, dichas porciones no sean del mismo tamaño para cada persona.
Y aquí reside la paradoja. Como señala Pinker, la vida «debió comenzar en un estado de igualdad original, ya que, cuando no hay riqueza, todos poseen partes iguales de nada». Es solo cuando se empieza a generar riqueza que algunos terminan teniendo más que otros. Cuando una sociedad comienza a crear oportunidades significativas para generar riqueza, es probable que algunas personas sepan aprovechar mejor dichas oportunidades.
Ya sea por suerte, habilidad o esfuerzo, las ganancias serán desproporcionadas...